lunes, 17 de marzo de 2014

Vómitos.

  Le da igual que sean las tantas de la noche. Necesita escribir. Necesita deshacerse de todo lo que ha ido acumulando en esos rincones que tapa con cortinas para que la gente no vea lo que hay detrás.
  Recurre desesperadamente a su cuaderno y entonces, vomita. Vomita palabras que caen en picado sobre la lisa y suave superficie pautada. Vomita palabras que empiezan a manchar el gran temido abismo de cualquier hoja en blanco. A veces se para a respirar. Cree que todo ha acabado hasta que, tras arcadas y muecas de asco, vuelve a vomitar. Es repugnante. Apesta.
  Vomita escribiendo. Vomita llorando.
  Entonces decide hacerse una promesa, aunque en lo más profundo de su ser sepa que jamás la cumplirá.
No volverá a enamorarse.

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