Esas ganas irresistibles de gritar tu nombre en medio de la calle, con todas mis fuerzas, esperando que lo escuches y me respondas. Ese deseo de correr por la ciudad, intentando encontrarte en alguno de esos callejones donde sueles pasear. Ese anhelo de verte y abrazarte desesperadamente. De estar entre tus brazos. De que me sostengas entre ellos. Esa profunda necesidad de reflejarme en tus ojos, ésos que tanto adoro, y me susurres un "te quiero" con tu mirada.
Esas ilusiones que reprimo, todas ellas me están matando. Créeme que no es esto lo que quiero. Te arrancaría de mi memoria. Borraría tu nombre de mis recuerdos. Lo ahogaría en el olvido. Pero es él el que me está ahogando a mí. Pensé que este era un capricho que poco a poco se desvanecería, como las huellas que se pierden en la arena bajo el glorioso y azul manto del mar. Pero ha durado más de lo que esperaba.
Algo hay. Algo hay que no permite que tu llama se extinga. Una fuerza superior que no puedo entender. Un ser caprichoso que decidió hacer que me fijara en ti. Tal vez para echarse unas risas a mi costa, porque sabía que me vería escribir estupideces como estas. O tal vez porque planeó que algún día valdría la pena.
¿Y sabes qué? Si nada dura para siempre, esto tampoco debería. Pero por mucho que pase el tiempo sé que habrá algo clavado en mí. Y sólo pueden pasar dos cosas : Que se marchite, o que florezca.
sábado, 29 de marzo de 2014
sábado, 22 de marzo de 2014
Melodía para mis pulmones. Oxígeno para mis oídos.
Me ayudó cuando me estaba hundiendo. Cuando todo se venía abajo ella me tendía una mano y me sacaba de entre los escombros. Siempre concordaba perfectamente conmigo. Me reprendía cuando debía hacerlo y me daba la razón cuando la tenía. Cuando mis oídos estaban rasgados de escuchar tantos gritos, ella venía y los acariciaba, los curaba. Me sanaba. Hacía reposar mi mente cansada. Me raptaba y me llevaba a su mundo. Era capaz de sacarme de la realidad. Ella me hacía soñar sin necesidad de dormir. Me hacía imaginar sin tener que pensar. Me hacía plantarme frente al mundo y decir : Aquí estoy. Me hacía sacar toda la rabia que llevaba dentro, toda la ira. Me hacía llorar cada vez que necesitaba derramar lágrimas y sonreír cuando la escuchaba hablar sobre los viejos tiempos. Ella me inspiraba cada vez que mi fuente de ideas empezaba a secarse. Revivía mi espíritu. Hacía arder mis ojos de euforia.
Siempre estuvo conmigo cuando la necesitaba. Y sigue estando.
Puedes sentirla por todas partes. Nos une. A ti y a mí. Le debo demasiadas cosas. Y todo se resume en dos palabras.
Gracias, música.
Siempre estuvo conmigo cuando la necesitaba. Y sigue estando.
Puedes sentirla por todas partes. Nos une. A ti y a mí. Le debo demasiadas cosas. Y todo se resume en dos palabras.
Gracias, música.
miércoles, 19 de marzo de 2014
Aprovecha si aún puedes.
Antes la pequeña niña echaba de menos los besos de buenas noches de su padre. Caminar abrazada y hablar por la calle con su padre. Que su padre le pidiera ayuda para abrir algún bote cuando estaba cocinando con las manos llenas de harina o pan rallado y huevo. Ver películas con su padre los fines de semana en el salón. O que su padre le diera la mano al cruzar las carreteras, aunque ella no lo necesitaba.
Antes la niña echaba de menos el instinto paternal de su padre.
Ahora la pequeña niña echa de menos tener que ir ella a darle el beso de buenas noches a su padre. Caminar por la calle con su padre aunque no hablara con él. Saborear la deliciosa comida cocinada por su padre, aunque no le hubiera pedido ayuda. Leer los fines de semana en el salón con su padre, aunque estuvieran separados. O cruzar las carreteras sabiendo que su padre la protegería ante cualquier descuido, aunque no le cogiera la mano.
Ahora la niña echa de menos a su padre porque sabe que jamás lo volverá a ver.
martes, 18 de marzo de 2014
Expirar.
Todo pasó en un segundo. Y suena irónico porque fue el segundo más largo de mi vida.
Oí un tremendo ruido que me paralizó. Un sonido desgarrador, sin piedad. No sabía qué pasaba pero me temí lo peor.
Un espeluznante escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Sentí cómo el inocente y
dulce cosquilleo que jugueteaba por mi nuca se adentraba sigilosamente en mí. Noté que algo se desprendía de entre mis entrañas. Me vaciaba cual saco de arena rasgado. Empezó a hacer calor, mucho calor. Demasiado. Estaba ardiendo.
Quería escapar. Intenté pedir socorro pero no pude. No tenía suficientes
fuerzas ni para susurrar o simplemente, mover los labios. Todas las palabras se quedaban atascadas en mi laringe. Me atragantaba con ellas.
Me desvanecía lentamente en un profundo y mágico abismo. Caía. Seguía cayendo. No tenía fondo.
Mis párpados se debilitaron, pero continué observando, mirando a mi
alrededor, intentando encontrar ... algo. Algo que me ayudase.
Todavía podía oír cosas, pero no las entendía. No reconocía nada de lo que estaba a mi alrededor. Era como si nunca antes las hubiera visto u oído.
El ardor perseveraba. Había poseído todo mi cuerpo.
Aún así, sentí paz. Una paz indescriptible que nunca antes había vivido.
Después de aquello, nada.
Simplemente alguien vino preguntando por mí. Me explicó que se llamaba Muerte y que había llegado mi turno.
lunes, 17 de marzo de 2014
Vómitos.
Le da igual que sean las tantas de la noche. Necesita escribir. Necesita deshacerse de todo lo que ha ido acumulando en esos rincones que tapa con cortinas para que la gente no vea lo que hay detrás.
Recurre desesperadamente a su cuaderno y entonces, vomita. Vomita palabras que caen en picado sobre la lisa y suave superficie pautada. Vomita palabras que empiezan a manchar el gran temido abismo de cualquier hoja en blanco. A veces se para a respirar. Cree que todo ha acabado hasta que, tras arcadas y muecas de asco, vuelve a vomitar. Es repugnante. Apesta.
Vomita escribiendo. Vomita llorando.
Entonces decide hacerse una promesa, aunque en lo más profundo de su ser sepa que jamás la cumplirá.
No volverá a enamorarse.
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