Todo pasó en un segundo. Y suena irónico porque fue el segundo más largo de mi vida.
Oí un tremendo ruido que me paralizó. Un sonido desgarrador, sin piedad. No sabía qué pasaba pero me temí lo peor.
Un espeluznante escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Sentí cómo el inocente y
dulce cosquilleo que jugueteaba por mi nuca se adentraba sigilosamente en mí. Noté que algo se desprendía de entre mis entrañas. Me vaciaba cual saco de arena rasgado. Empezó a hacer calor, mucho calor. Demasiado. Estaba ardiendo.
Quería escapar. Intenté pedir socorro pero no pude. No tenía suficientes
fuerzas ni para susurrar o simplemente, mover los labios. Todas las palabras se quedaban atascadas en mi laringe. Me atragantaba con ellas.
Me desvanecía lentamente en un profundo y mágico abismo. Caía. Seguía cayendo. No tenía fondo.
Mis párpados se debilitaron, pero continué observando, mirando a mi
alrededor, intentando encontrar ... algo. Algo que me ayudase.
Todavía podía oír cosas, pero no las entendía. No reconocía nada de lo que estaba a mi alrededor. Era como si nunca antes las hubiera visto u oído.
El ardor perseveraba. Había poseído todo mi cuerpo.
Aún así, sentí paz. Una paz indescriptible que nunca antes había vivido.
Después de aquello, nada.
Simplemente alguien vino preguntando por mí. Me explicó que se llamaba Muerte y que había llegado mi turno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario