jueves, 4 de septiembre de 2014

Pesadillas, pesadillas.

  Puedo ver un un siniestro monstruo, un demonio que está sentado a la mesa. Hay varios papeles sobre ella, un candelabro que ilumina y varias herramientas para el cabello como peines y tijeras. Enfrente de él, un banquillo y a sus lados, otros dos demonios. Una larguísima fila de almas está esperando tras el banco.

  El demonio da paso a cada alma, una por una. Ahora es el turno de la de un anciano. Yo lo puedo ver con apariencia humana. Su cara está completamente envestida por dolor y miedo, está en los huesos y da pánico el mirarle a los ojos. El gran demonio ordena a los otros dos que hagan su trabajo. Va dictando diferentes posturas al alma y ella debe obedecer. Los demonios agarran las herramientas. Empiezan con las tijeras. Le están cortando la barba. Estoy completamente desconcertada, no entiendo nada. Ahora cogen los peines. Oh, Dios mío... Las aspas de los peines son cuchillas. ¿Qué le van a hacer?

  Empiezan a arañar su piel y acaban desgarrándola. No puedo seguir viendo esto. Que paren ya por favor... Sangre, todo el banquillo está cubierto de sangre. ¿Por qué torturan así a estas pobres almas? No puedo hacer nada para pararlos, ni siquiera pueden verme.

  Le han roto el cuello. Acaban de romperle un cuello como si fuera un ave. Uno de los dos demonios se encarga de él y lleva el alma a rastras a otra habitación.
El gran monstruo hace un gesto con la mano: Es el turno del siguiente. Ahora todo pasa muy, muy rápido; un alma y otra, y otra y otra en cuestión de segundos. Por más prisa que se den, la fila no termina nunca.

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