martes, 29 de julio de 2014

Trece horas III

   Me he acostumbrado. Sólo necesito no pensar en lo bien que se estaría fuera. Falta poco, pero falta. Me entretengo pensando en cómo será la vida de los demás viajeros. Cuando estoy entre tanta gente pocas veces soy consciente de que cada uno tiene su propia vida, su propia historia, su propia novela. ¿Quién sabe lo que pasará con cada una de ellas? A lo mejor estás al lado de alguien que va a morir mañana, y tú no lo sabes. Puede ser su último día pero... No sabes ni quién se irá ni a quién se le ha ido alguien. No sabes a quién le acaban de romper el corazón. Tampoco sabes cuándo te van a romper el tuyo.

   Estallo la burbuja de reflexiones y voy a por mi correspondiente botella de agua. La cafetería, si es que así se puede llamar, está justo en el extremo. Paso de vagón en vagón sin fijarme mucho en la gente, están de espaldas a mí. Esto es más grande de lo que pensaba.

   No me había dado cuenta, pero ya vamos otra vez hacia delante. Todos los paisajes me resultan iguales. Gris salpicado de verde.

   Un poco más y me bajo de este tubo. Me siento sucia. Son casi trece horas aquí metida. Menudo asco de pelo, aunque demasiado poco es. Sólo queda esperar a que digan por los altavoces "Señores viajeros, próxima parada: Tarragona". Aunque después me quedan otros cuarenta y cinco minutos de coche. Estar sentada también harta pero creo que me quejo demasiado. Al fin y al cabo sólo es un día; un viaje... Un viaje en tren.

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