sábado, 19 de julio de 2014

Trece horas I

   No es incómodo pero tampoco muy confortable. La verdad es que tenía en mente que iba a ser como en las películas. Me molaría más uno de vapor, en serio. Todo ya tan moderno... Dos o tres personas están leyendo uno de esos libros de más de cuatrocientas páginas. Yo también tengo el mío, pero ahora no me apetece leer. Incluso he intentado ponerme a dibujar, pero no me sale absolutamente nada. La gente aquí ríe menos de lo que debería. Nadie canta.

   Llevamos parados media hora. Según nos han dicho, la máquina se ha estropeado. Van a cambiarla por otra pero eso toma lo suyo. Nos dicen que nos bajemos mientras tanto. La gente ahí fuera habla, llama por teléfono, come, estira las piernas; unos respiran la brisa de la tarde y otros el humo de su cigarrillo. Yo también voy a bajar. Necesito ver el cielo sin que sea a través de cristales.


  Ya han pasado dos horas y este trasto no avanza. Menudo aburrimiento. Quiero llegar ya. La máquina viene desde Albacete y no sé exactamente si ha llegado ya. Espero que sí. Hay momentos en los que me da la sensación de que marchamos, pero que va; serán las ganas...

   ¡Acaba de dar un tumbo! ¡Venga, venga ya por favor! Voy a quitarme los zapatos para subir los pies al asiento. Puede quedar feo pero en esta situación ese tipo de educación me da absolutamente igual.  Además no soy la única. Casi tres horas perdidas. Me alegro de tener unas golosinas conmigo. Es gracioso. No sé cómo pero me hace gracia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario