martes, 8 de abril de 2014

Unos vienen, otros se van.

  Me acerqué a él. A su anciano cuerpo arrojado sobre aquella camilla. Reposando en cada detalle de sus numerosas arrugas que lo hacían precioso. Arrugas que dibujaban toda una vida en su rostro, que narraban una historia. Huellas de sonrisas y llantos. Lo miré a los ojos. Eran profundos y cenagosos. Además estaban muy cansados, apenas podía percibir sus parpadeos. La poca viveza que le quedaba se ahogaba titilando a través de ellos.

  Sentí un impulso y no lo pude reprimir. Le tomé suavemente la mano. Daba la sensación de que si ejercía alguna fuerza, por mínima que fuera, sus huesos se romperían y sus dedos se harían pedazos. Su piel estaba desgastada. Tenía la muñeca hinchada y con moretones. Podía ver cómo sus venas se extendían como ramas de árboles. Me pregunté si realmente era sangre lo que corría por ellas. Por un momento sentí que le estaba dando la mano a la propia muerte. Era ella, en persona.

  Me entraron ganas de llorar. No lo hice.

  Pensar que algún día seré yo la que esté al borde de un precipicio del que sé que jamás podrán sacarme si caigo... Creo que los ancianos son una de las personas más valientes que pueden haber. Digas lo que digas estar ahí da miedo.
No te despides sólo de tus amigos o tu familia, de tus logros o tus pertenencias, de tu pasado o tus recuerdos. Te despides de la vida.
  Bueno, te despides si puedes. No todos tienen la oportunidad de decir adiós.

  Entonces le solté poco a poco la mano. Intentando dejarla intacta, en el mismo lugar; como cuando coges algún objeto de valor y lo devuelves a su sitio con cuidado.

  En pocos días esas manos sólo serían los restos de una historia que jamás fue contada, ni lo sería. La vida dura un segundo y la muerte una eternidad. No malgastes lo que tienes.

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